viernes, 12 de septiembre de 2008

Viajar en tren. Una novela de terror, suspenso y aventura. ¿Y tragedia?

Primera parte: La espera (suspenso).

Ferrocarril Roca. Estación Burzaco. 09.00 horas.

Como todos los días, a semejanza de una novela de misterio (y de terror también), uno no sabe que le deparará el tren.

Hoy me tocó (otra vez) una “módica” demora de más de 30 minutos esperándolo en Burzaco.

Perdí el de 9.00 horas porque no quise subir sin el boleto (tonta mi actitud?), y me tocó lo que muchas veces ocurre: el tren siguiente (9.10) no viene. El parlante se activó y esa voz que uno ya inconscientemente teme (por lo que anunciará) avisó que el siguiente servicio llegaría 9 y 22 aproximadamente (zas!, dijo aproximadamente –pensé- y eso implica mucho más!); sin embargo para los que no están habituados a ese “aproximadamente” lo toman como cierto. Y para que mentir, yo también me ilusioné. Pero, como esas tramas de suspenso la historia tuvo un giro repentino porque el de 9.22 tampoco llegó.

En el andén, lógicamente, no era el único invitado a la función matutina. El público iba llegando y, también, llenando el espacio que compartimos diariamente. Caras conocidas (de desconocidos), acompañantes frecuentes del viaje matinal que a pesar de vernos todas las mañanas no nos saludamos (paradójico, no?).

Y la cantidad de gente en el andén, para los que van llegando a la estación, anuncia que algo pasa. Y también lo anuncia la desaparición repentina de los que pican el boleto. En un abrir y cerrar de ojos, no están. Eso, aviso a los usuarios ocasionales, es una mala señal. Usted que va a tomar el tren, si no hay pica boletos, pregunte en la ventanilla porque seguramente hay demora. Atraso importante, digo, porque demora siempre hay.

En la plataforma, mientras tanto, somos varios los que escudriñamos durante unos segundos el horizonte tratando de distinguir la bendita mancha blanca (minúscula, por eso indistinguible para muchas) pero a pesar de lo pequeña, ilusiona de lo grande porque nos anuncia que el tren está viniendo. Me pregunto, ¿será esa misma sensación la que tenía don Rodrigo (de Triana) cuando desde una de las carabelas de Colón gritó: tierra, tierra!)?. Embuido en ese pensamiento, una queja, me volvió a la realidad. La triste realidad de que el tren no llegaba.

Asi pasaron los minutos, masticando bronca, cruzando miradas (algunas de indignación y otras de resignación). Deseando que esa voz desalmada que fluye por el parlante no nos anuncie la peor noticia que puede recibir un usuario del tren: esa que dice “el servicio está cancelado hasta nuevo aviso”. Pero, por suerte para los que sufren de riesgos coronarios, el parlante se mantuvo en silencio.

Siendo las 09.35 alguien, al igual que “el de Triana”, hizo el anuncio esperado. Esa persona rompió el suspenso con la frase: “ahí viene”. El rumor comenzó a correr y muchos nos acercamos nuevamente a la línea amarilla a confirmar lo dicho. Y así fue. Pero, a diferencia de un auténtico espectáculo, esta vez no hubo aplausos.

Segunda parte: El viaje (Aventura).

Subir al tren, luego de semejante espera, es el desafío. Un auténtico desafío, que se le tornará casi imposible a los que intenten abordarlo en Adrogué.

Nadie quiere quedarse afuera porque ninguno asegura que el siguiente tren llegue. Todos empujan, pocos son los “permisos” que se escuchan y casi ningún “disculpe”. Y bueno, son las reglas del juego. Reglas que no son impuestas por los usuarios, claro está, sino por los culpables de que esta “novela” se escriba todos los días.

Desafiando a la física, logré abordar. Sería bueno que alguna vez un físico haga algún experimento, porque resulta casi incomprensible que en tan poco espacio quepan tantos cuerpos, duplicados por dos para brazos, manos y piernas. Las manijas no alcanzan, y es lógico. Cuando fabricaron el vagón seguramente no planearon que el mismo estuviera tan cargado. Pero, ciertamente, las mismas en estas condiciones de viaje no hacen falta, porque los cuerpos van tan unidos que cada uno es sostén del otro.

El contorsionismo ya es habitual. Un brazo por allá, una pierna por acá (guarda los codos!) y tratando que las manos siempre quedan arribas para no generar un mal entendido y una desagradable discusión con alguna señora/señorita. Y mucho más vergonzoso para un varón es que sea otro varón que se queje de alguna mano furtiva (accidental o no, ya no importará).

En Adrogué, algunos abandonan el desafío, y se bajan. Pero son más los que suben. Y cada vez más apretados, apiñados, asardinados, o como guste llamarlo.

Las puertas, como de costumbre, no cierran bien. Pero el motivo de que no cierren no es precisamente por alguna mano o pierna que queda afuera sino por los desperfectos que el tren tiene. De hecho hay puertas que directamente no abren.

Íbamos meciéndonos al compás del tren. Éste y las vías imponen el ritmo. Llegamos a Temperley y las condiciones –a pesar de lo esperable- no cambian. Me arriesgaría a decir que empeoran pero ¿qué puede ser peor que esto?.

Si, me digo, puede haber cosas peores como que ocurra un siniestro y nos obligue a evacuar la formación: ¿un matafuego?...no, no hay. ¿Y los mecanismos de emergencia y apertura de puertas?, ¿funcionan?, no lo sabemos. ¿Y las escaleras para descender de tan altos vagones?, no, no hay. ¿Y que hacemos en caso de emergencia?- me pregunto. Ah, claro, quedamos en manos de los preparados y experimentados empleados que bien sabrán que hacer. Y me río, pero con una risa amarga y nerviosa, porque repentinamente recordé los testimonios de los usuarios del Sarmiento cuando hablaban de humo en el vagón lo que los alarmó y desesperó, y que nadie de la empresa apareció; obligándolos a actuar por su propia cuenta evacuándose como podían. Ayudándose entre ellos. Otra ayuda no llegó.

Por fortuna, no debimos lamentar un incidente para convertir este capítulo de aventura en terror y, seguramente, en tragedia.

Pero, claro, lo del Sarmiento fue todo un sabotaje, escuché decir a un ministro. Una maniobra política. Otro más contra las pobres empresas que se esfuerzan día a día por darnos un servicio mejor. Estamos trabajando para ello, anuncian siempre desde las ventanillas o por carteles. Pero las mejoras pocas veces se notan.

Y si lo del Sarmiento fue un sabotaje, digo yo: ¿nos están saboteando todos los días a los usuarios?. ¿Es un complot orquestado para que no lleguemos a destino en tiempo y forma?. ¿Será la izquierda o Pino Solanas que tampoco quieren que vayamos a laburar?. Porque yo, que tenía que llegar a mi trabajo (cerca del correo central) a las 10.00 horas me encontraba a esa hora, recién, en Lanús. Y pensé en aquellas personas que pierden el presentismo y parte de su sueldo. Peor aún, están aquellos que arriesgan su trabajo o directamente lo pierden a causa de éste pésimo servicio. Pero basta, me dije, son todos pensamientos calenturientos de un “saboteador”.

Así, transcurrió todo el viaje hasta Plaza Constitución (con problemas en las puertas incluido); dónde arribamos a las 10.17 minutos. Tengo el comprobante que prueba lo que digo. Que demuestra que todo ésto que denunciamos día a día los usuarios no es una novela de ficción.
Ficción, para los que viajamos diariamente en el ferrocarril, es hacerlo rápido, cómodo y seguro.

Corolario.

Ya demorado, sin nada que perder, me dispuse a tomarme unos minutos más para asentar la queja en el libro. Algo que todos tenemos que hacer!. Y como la demora fue mayor a 30 minutos, con el boleto y el comprobante correspondiente -algo que muchos no saben- me dirigí a una ventanilla para que me devuelvan el peso con diez centavos que había abonado en Burzaco. Me lo devolvieron: ¿final felíz?. Lo dudo. Además, todavía faltaba el viaje en subte.

¿Continuará?...no, se repetirá día a día, pero para que eso no ocurra, reclamá.

Sumate a: http://www.pasajerosdelroca.blogspot.com/ o al grupo de usuario de tu línea. ¿No hay?...organizálo entonces!.****