domingo, 22 de noviembre de 2009

Reflexiones de un padre. "El chequeo general".

Finalmente decidí hacerme un chequeo general. Haría unos cinco años no me hacía uno, y la última vez fue cuando me operaron de apendicitis.

Lo estoy haciendo por un centro cardiológico que aparenta ser muy bueno; la doctora no se conformó en los análisis de orina, sangre y electro sino también que me ordenó hacerme una “eco dopler” y también uno electro de fuerza (al proctólogo, gracias al señor, por ahora lo dejamos para más adelante…)

Todavía no fui a verla con todos los resultados de los estudios. Pero si fui a hacerme el electro de fuerza; como ya había contado en una entrada anterior hace bastante tiempo que estoy falto de deporte y con unos cuantos kilos de más. Las únicas actividades físicas que hago es caminar y no lo hago por deporte sino porque no tengo auto. No, bueno, caminar me gusta. Y suelo salir a hacerlo con Abril y Tomás por el barrio los fines de semana. Pero no como caminata deportiva. Gimnasio tengo uno a la vuelta de mi casa pero me aburre olímpicamente. Todavía no estoy decidido que voy a hacer a partir del año que viene. La doctora me aconsejó tenis o golf. Ja, que ilusa ella. Tenis, vaya y pase pero ¿golf?...deporte burgués, diría Chávez. Yo estaba entre el chinchón y el dominó; veré luego cual de los dos es el menos riesgoso…

La prueba del electro de fuerza fue la bicicleta. Yo, que hace años no me subía a una ni como de acompañante. De todas maneras la pude superar dignamente. Pidiendo la hora, claro, pero concluyéndola al fin.

La doctora descubrió que durante la prueba me subía la presión, la mínima. Y anotó “hipertensión arterial”. Entonces me aconsejó ponerme el “aparatito” que te controla la presión ( y los latidos) durante 24 horas. Como un “holter” pero para la presión.

Hoy al mediodía me lo instalaron. Un poco grande a mi gusto: de un lado tengo un aparato del tamaño de los viejos walkman que te hace bastante bulto debajo de la remera al punto que parece que te “afanaste” algo de un negocio. Por eso de regreso a casa evité entrar a uno. Y del otro, cruzando la manguerita por mi cuello-espalada, me pusieron en el brazo izquierda la “cinta de capitán” (un orgullo, para mí) que es la “cosa” que se infla y parece que una mano invisible te presiona el brazo cada cinco u diez minutos. Muy “cómodo”. Con esto estuve andando todo el día.

La técnica que me lo puso me aclaró que podía normalmente con la única condición que cuando el aparatito avisara (con dos pitidos) que va a tomar la presión tengo que detenerme (o sea dejar de hacer lo que estaba haciendo) y esperar a que termine. Si no, no la toma.

Ello implicó que mientras regresaba caminando por la calle principal de Adrogué, por ejemplo, me detuviera repentinamente en la vereda al sentir la presión invisible en mi brazo. Y para disimular me paré frente a una vidriera durante los 30 segundos que dura el control simulando interés en algún producto en exposición que, para mi vergüenza, resultó ser un local de ropa interior femenina.

En Burzaco, me agarró nuevamente en el túnel que cruza la estación y para no entorpecer el paso me puse junto al puesto ambulante mirando con falso interés las toallas y toallones. Muy feos, por cierto. –“Estoy mirando”-fue la clásica respuesta que le ofrecí a la señora que se acercó, supongo yo, entusiasmada pensando que era una venta segura.

Así llegué finalmente a casa. Lo tengo que tener hasta mañana domingo a las 12.30 horas ¿lo aguantaré?

(Escrito el sábado 21/11/09 a las 16,30 h. Hace 4 horas lo tengo puesto).

ADDENDA
Domingo 22 de Noviembre
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Y aguanté casi hasta el final. A las 11.30 me lo retiré porque no lo soportaba más. No fue cómodo dormir con el aparato. Menos mal que “mágicamente” dejó de hacer los pitidos durante la noche.

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