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Un león suelto en Burzaco (Crónica muy personal del recital de Gieco). Primera Parte

Foto de la página de Cultura de Alte. Brown

El sábado pasado amaneció nublado y húmedo. El cielo estaba cubierto en su totalidad, incluso por la mañana temprano había lloviznado. Por fortuna me desperté después de que esto suceda porque lo hubiera vivido como una tragedia.

No les voy a mentir que de cuando en cuando oteaba el cielo para saber si podía llover y mis estados de ánimos variaban de acuerdo a las apariciones del sol entre las nubes.

Dudo si por momentos inconcientemente yo soplaba hacia el cielo para ayudar a que las nubes se alejen. No tengo nada contra la lluvia pero ese sábado no deseaba por nada del mundo que lloviera. A ver si nos entendemos, no podía llover.

Con el transcurrir de las horas el tiempo fue mejorando. Almorcé en familia y pasadas las 15.00 salí de casa para la estación Burzaco. Tomé el colectivo 266 y la vuelta por el barrio Corimayo se me antojó interminable. Mientras tanto iba preparando la cámara y las baterías, que previamente había cargado toda la noche. Y miraba el cielo, claro, pero ya más tranquilo. Parece ser, pensé, que habíamos sido muchos los que estuvimos soplando para arriba.

Cuando el bondi entró en el playón de la estación se me paralizó el corazón. Desde la ventana azorado observé que la plaza dónde yo creía que se iba a hacer el recital estaba vacía, salvo algunos skaters sobre el playón después ni rastros. ¿Qué pasó?-pensé-¿se suspendió?, mi cabeza giró en 360 grados y, para mi tranquilidad, alcancé a ver del otro lado de las vías el gran escenario que allí se había montado.

Eran las 15.30 cuando llegué a la plaza Delgui. Inmediatamente comencé a tomar algunas imágenes. Había varias personas -muchas familias- tomando unos buenos mates y escuchando al conjunto folklórico “El Entrevero”, primer grupo en tocar.

El Entrevero

La gente seguía llegando y se iban ubicando sobre el césped a la sombra de los árboles. Yo iba y venía tratando de encontrar algún conocido y a la vez tomando imágenes. Me alegró ver a “esa gran ballena que anda en las rutas”*, el micro rosa de “Mundo Alas”, estacionado sobre un costado del escenario. Y ese emblema se merecía, lógicamente, unas fotos.

En las pantallas del magnífico escenario que la municipalidad había montado se veían distintas imágenes que nos recordaban porqué estábamos ahí; porque la presencia de Gieco en nuestro pagos. El repudio al golpe de 1976 nos convocaba. Y desde la música sin dudas ¿quién mejor que León puede trasmitir “la historia ésta*? Y su persona es un ejemplo de la lucha por la igualdad, la justicia, la solidaridad y los Derechos Humanos. Todo se conjuga en su figura. Y me permito contradecirlo: es mucho más (pero lejos) que “solo un bolso que hace show”*.


En esas mismas pantallas descubrí que el recital estaba programado para las 19.00, me quedaba más dos horitas de espera, pero que bah!, no iba a hacer un suplicio. Todo lo contrario, si lo mejor estaba por venir. Aproveché para acercarme a un ciber para dar la última alerta al que dudaba si llegaba o no al recital. Todavía tenía tiempo.


***
Si me permiten quiero abrir un pequeño paréntesis para contarles cuando empecé a seguir a León y porque mi admiración hacia él.

Contrariamente a lo que muchos puedan suponer comencé a escucharlo (en el sentido amplio de la palabra) hace cinco años. Si bien hace 15 lo había ido a ver a un recital que dio en Avellaneda, empecé a descubrir la verdadera dimensión de este artista en el 2005. Ese año había lanzado “Por Favor, Perdón y Gracias” y a razón de este disco lo entrevistó Jorge Guinzburg en su programa radial. En este reportaje él contó la historia detrás de cada canción y quedé fascinado. Confirmé entonces la buena impresión que ya tenía de él, pues sabía de sus numerosas acciones solidarias que generaba desinteresadamente.

A partir de ese momento, comencé una suerte de “maratón” escuchando sus distintos trabajos. Descubrí entonces (y lo sigo haciendo) sus letras y sus variados ritmos con hermosas melodías. La mayoría de sus canciones cuentan historias, pequeñas, grandes, alegres, trágicas. Como aquellos trovadores de antaño Gieco cuenta cosas de forma notable. Empecé a conocer mucho de esa historia olvidada buscando detrás cada canción. “La memoria”, “Cinco siglos igual”, “El embudo” (aquí él le pone la música a unos versos de
Marcelo Berbel), “Hombres de hierro”, “La historia esta”, “Solo le pido a Dios”, “En el país de la Libertad”, “El arrepentido”, “Pensar en nada”, “Canción para Francisca”, “La cultura es la sonrisa”, “Del mismo barro”, “Para la vida”, y tantas otras.

Su solidaridad y compromiso a distintas causas es otra de sus grandes cualidades. Es para mi, junto a Juan Carr, Estela de Carlotto, y tantos otros, verdaderos ejemplos de vida.

Y cierro este paréntesis con la siguiente anécdota familiar: cuando empecé ese maratón que mencionaba, un lugar dónde siempre lo escuchaba era en el auto. Subía y ponía en el stereo a Gieco. Yendo o volviendo del trabajo, en la ruta, solo o con mi familia. Confieso que a mi hija Abril, que en ese entonces tenía 4 años, estaba bastante cansada porque su papá en el auto siempre escuchaba lo mismo. Un sábado por la mañana, yo estaba en el patio y ella en el dormitorio mirando la televisión y comenzó a llamarme a los gritos porque estaban pasando una canción de Gieco y me dijo: - ¡Vení, papá, que en la tele está el hombre que vive en tu auto!-. Fue así, como les cuento.
***
El segundo grupo en tocar fue “El Reyunte”, la orquesta juvenil municipal de tango de Alte. Brown, que gustó y mucho.

El “palco” para las autoridades, familiares de desaparecidos y asociaciones de personas con capacidades diferentes, armado frente al escenario, se iba ocupando más lento en comparación con la llegada del público del otro lado de las vallas. Sin embargo, a las 18 horas todo estaba colmado.

Minutos antes, había hecho su muy buen aporte el grupo JPA que hizo mover a los presentes al ritmo del regaee.

Terminé por ubicarme casi junto a la valla, pero a un costado; cerca del enrejado que nos separaba de las vías. Y ahí quedé porque ya no me podía mover; si lo hacía perdía mi ubicación bastante privilegiada.

Llegó la banda de rock “Cuatro manos”, algunos de los amigos de los integrantes estaban a mi lado y festejaban cada tema que hacían.

Todos los grupos –de ritmos variados, como habrán notado- fueron muy buenos. En definitiva, la variedad musical también está representada en Gieco; uno de los pocos músicos argentinos que “tocó con todos”*.
El sol se iba perdiendo entre los frondosos árboles de la calle Roca. La tarde, ya despejada completamente, le iba dejando paso a la noche. La luna brillaba en el cielo cada vez más oscuro dispuesta también a ser testigo de lo que vendría.

La gente, lógicamente, como en toda previa tapaba el sonido de la puesta a punto de los equipos entonando el “ooooleee, oooleee olooeee, oooolée, león, león”. La “batuta” la llevaba un grupo bastante numeroso que estaba en el centro. De ahí también surgió de pronto el himno nacional. Y “el que no salta es un inglés” o “el que no salta es un militar”.

El aviso del locutor que León Gieco ya estaba presente recibió como respuesta aplausos, gritos y cantos. El resto de los integrantes de la banda ya estaban en el escenario ultimando los detalles.

Detengo un momento el relato para hacer una crítica al musicalizador: minutos previos al comienzo del recital quiso ponernos en clima con temas de….Michael Jackson (¡?). Digo, todo bien pero ¿no había otro músico para la ocasión?, unos temas de Mercedes Sosa hubiera sido ideal pero no, el muchacho se encaprichó con Michael.
Sigo...

Serían cerca de las 19.30 horas cuando Gieco salió a escena. Huelga decir que la plaza explotó. Y el León empezó a rugir. Cabalgando en “todos los caballos blancos” abrió su concierto.

Y también… su clase de historia.

Continuará...

(*)Son citas de los siguientes temas:
“Familia rodante”, “La historia ésta”, “Los salieris de Charly”, “Orozco”.
Créditos de las fotos: Excepto la primera que pertenece al Municipio de Alte. Brown, el resto son del autor.

Por Juan Pablo Gómez

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